Mi amiga Frida Kahlo

Cuando fuimos a México para nuestra luna de miel pasamos por una feria artesanal. Una especie de mercado de las pulgas en Playa del Carmen, donde encontré un puestito con réplicas de las pinturas de Frida Kahlo. Las vulgares versiones offset de sus obras más célebres. Pensé inmediatamente en lo cool que se verían las obras bien enmarcaditas en las paredes de mi departamento de recién lunamielada.

Mi primer impulso fue comprármelas todas, como casi todos mis primeros impulsos cuando tengo un saldo decente en la tarjeta de crédito, pero sabía que mi marido no me dejaría comprar más de una o dos. Había visto la película sobre su vida, y como todos los que sabemos poco o nada de esta asombrosa artista/escritora/pensadora y activista mexicana, quería tener un poco de la moda que Salma Hayek había conseguido instaurar en las seudocultivadas mentes sudamericanas y sus living-comedores.

Quise comprar “Henry Ford Hospital”, tal vez presintiendo que Frida y yo tendríamos alguna desgracia en común, alguna íntima miseria que pudiéramos compartir juntas en un bar de poetas de 1932, dejar de ser dos peculiares desconocidas y convertirnos en dos perfectas amigas alcohólicas.

Pero en su lugar, me llevé “Árbol de la esperanza, mantente firme”. Porque supongo que, al igual que Frida (mi amiga Frida Kahlo), le tengo pavor a los derrumbes forestales.

Desde hace cuatro años (cuando decidimos que queríamos ir en busca de nuestro hijo), el camino por el oscuro bosque de la infertilidad ha sido largo. Más largo para mí, que soy la encarnación de la impaciencia y que siento que mi vida transcurre como en años de perro, comparada con la de los demás.

Algo de eso había querido contarles en mi anterior entrada y quise seguir contándoles. Incluso pensé en llevar al detalle una bitácora de todas las corridas al ginecólogo a las 8 de la madrugada en medio de ese tráfico caldeado de conductores que iban a llegar tarde ese día a su trabajo. Y yo haciendo de malabarista, con el rímel en una mano y el labial en la otra, frente al espejo del auto, porque a mi marido se le ocurrió sacarme de las mechas de la casa, porque también íbamos a llegar tarde.

A los hombres no se les ocurre que una cita con el espéculo no es precisamente algo a lo que las mujeres queremos llegar bien puntuales, día por medio, durante dos semanas seguidas.

También quería contarles de los moretones y sacadas de sangre accidentales con una jeringa, producto de dos o tres pinchazos diarios en el rollo. Las súbitas alzas de presión a media noche (por lo que ahora soy una especie de hipertensa ocasional). La retención de líquido en las manos y la novedad de que -por esas cosas que sólo los doctores saben- me dejaron la vejiga puesta de tal forma que ahora orino (por goteo) cada 20 minutos.

Más todos los medicamentos de la medicina reproductiva, a los que mi hipotálamo se ha tenido que acostumbrar: anticonceptivos, hormonas para evitar que ovules, hormonas para que empieces a ovular, hormonas para que ovules no como para tener un hijo, sino para tener un equipo de fútbol completo. Y luego más hormonas para que esa docena de óvulos, cuando estén en su máximo punto de expansión, se esperen 36 horas antes de aflorar. De modo que, al cabo de casi 15 días, sientes como si tus ovarios fueran dos ollas humeantes y titilantes de palomitas de maíz a punto de explotar por el ombligo.

Pero me dio pereza contarles. No porque no tuviera genuinas ganas de hacerlo, sino porque escribir acerca de toda la vinagrera emocional que conlleva someterse a una inseminación o una invitro no es algo que una pueda hacer siempre de buen humor.

Con todo y la frustración de los intentos fallidos, aún hay cosas que encuentro graciosísimas de contar. Pero lo dejaré pendiente para una próxima entrada.

Por ahora, me quedo con lo que me dijo la psicóloga la última vez que la vi, hace ya más de un año: “Tal vez un día decidas que no quieres ser madre”. ¿Cómo podría decidir que no quiero ser madre?, si todos nuestros esfuerzos estaban puestos en esa dirección. Definitivamente esta señora no me estaba entendiendo, pensé.

Esa idea era muy absurda de suponer (en ese entonces), dado que a mi marido y a mí sólo nos faltaba vender los riñones para continuar pagando los tratamientos de fertilidad.

Pero hoy puedo entender lo que me quiso decir. Y aún cuando no depende de mí, sino de la naturaleza, el hecho de que podamos o no tener un hijo, si hay algo sobre lo cual puedo tener el control, y es acerca de lo que quiero para mí.

Y lo que quiero para mí, sobre todas las cosas, es felicidad. Felicidad conmigo misma, felicidad con el hombre que amo y felicidad con la vida. Y esa convicción, es el árbol que me mantiene firme.

mi amiga frida kahlo

“Árbol de la esperanza mantente firme”. Frida Kahlo, 1946.

 

 

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4 comentarios en “Mi amiga Frida Kahlo

  1. Sandra, gracias por poner en palabras lo que yo no sabía expresar, el camino de la infertilidad es deprimente y sentirte sola cuando tus amistades y familia están teniendo bebes por todo sitio te hace sentir que no lo puedes ni mensionar para no hacer sentir mal a alguien, ni tu marido te entiende ya que el tratamiento todo lo pasa una, deseándote siempre felicidad!

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    • Patycita, gracias a ti por compartir sentimientos que son tan delicados e íntimos. Espero, con mis palabras, ayudar al menos un poquito a que quienes pasan o pasaron por este desafío, se sientan menos solas. Mucha felicidad para ti también!! 💜💜😘

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